lunes, 12 de septiembre de 2011

Elegía a Ramón Sijé (Miguel Hernandez)

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Elegía a Ramón Sijé

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
(Miguel Hernandez)

domingo, 11 de septiembre de 2011

Oda al dos de mayo (Berbardo López García)

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Oda al Dos de Mayo

Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes pendones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.

Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron;
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que, libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona!

Doquiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
contando tu valentía.
Desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola,
hasta el África, que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!

Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantada esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones.
Nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria;
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo,
ni en los ámbitos del mundo,
ni en el libro de la historia.

Siempre en lucha desigual
cantan tu invicta arrogancia,
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San Marcial.
En tu suelo virginal
no arraigan extraños fueros;
porque, indómitos y fieros,
saben hacer sus vasallos
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros.

Y aún hubo en la tierra un hombre
que osó profanar tu manto.
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre!
Sin que el recuerdo me asombre,
con ansia abriré la historia;
¡presta luz a mi memoria!
y el mundo y la patria, a coro,
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.

Aquel genio de ambición
que, en su delirio profundo,
cantando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.

¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!

La virgen, con patrio ardor,
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y, cuando calmado está,
grita al hijo que se va:
"¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!"

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!

¡Mártires de la lealtad,
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la humanidad,
¡en la tumba descansad!
que el valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que, hasta que España sucumba,
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero!
(Bernardo López García)

viernes, 9 de septiembre de 2011

La primavera besaba (Antonio Machado)

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La primavera besaba

La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.

Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil...
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril.

Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
—recordé—, yo he maldecido
mi juventud sin amor.

Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!
(Antonio Machado)

jueves, 8 de septiembre de 2011

El poeta (Atahualpa Yupanqui)

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El poeta

Tu piensas que eres distinto
Porque te dicen poeta,
Y tienes un mundo aparte
Mas allá de las estrellas.

De tanto mirar la luna
Ya nada sabes mirar.
Eres como un pobre ciego
Que no sabe adónde va.

Vete a mirar los mineros,
Los hombres en el trigal,
Y cántale a los que luchan
Por un pedazo de pan.

Poeta de tierras rimas,
Vete á vivir a la selva,
Y aprenderás muchas cosas
Del hachero y sus miserias.

Vive junto con el pueblo,
No lo mires desde afuera,
Que lo primero es ser hombre,
Y lo segundo, poeta.
(Atahualpa Yupanqui)

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El arbol que tu olvidaste (Atahualpa Yupanqui - Pablo del Cerro)

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El árbol que tú olvidaste

El árbol que tú olvidaste
siempre se acuerda de ti
y le pregunta a la noche
si serás o no feliz

El arroyo me ha contado
que el árbol suele decir:
Quien se aleja junta quejas
en vez de quedarse aquí

Al que se va por el mundo
suele sucederle así,
que el corazón va con uno
y uno tiene que sufrir
Y el árbol que tú olvidaste
siempre se acuerda de ti

Arbolito de mi tierra
yo te quisiera decir
que lo que a muchos les pasa
también me ha pasado a mí

No quiero que me lo digan
pero lo tengo que oír:
Quien se aleja junta quejas
en vez de quedarse aquí.
(Atahualpa Yupanqui - Pablo del Cerro)

martes, 6 de septiembre de 2011

Preguntitas sobre Dios (Atahualpa Yupanqui)

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Preguntitas sobre Dios

Un día yo pregunté:
¿Abuelo, dónde esta Dios?
Mi abuelo se puso triste,
y nada me respondió.

Mi abuelo murió en los campos,
sin rezo ni confesión.
Y lo enterraron los indios
flauta de caña y tambor.

Al tiempo yo pregunté:
¿Padre, qué sabes de Dios?
Mi padre se puso serio
y nada me respondió.

Mi padre murió en la mina
sin doctor ni protección.
¡Color de sangre minera
tiene el oro del patrón!

Mi hermano vive en los montes
y no conoce una flor.
Sudor, malaria y serpientes,
es la vida del leñador.

Y que naide le pregunte
si sabe dénde esta Dios:
Por su casa no ha pasado
tan importante señor.

Yo canto por los caminos,
y cuando estoy en prisión,
oigo las voces del pueblo
que canta mejor que yo.

Si hat una cosa en la tierra
más importante que Dios
es que naide escupa sangre
pa’ que otro viva mejor.

¿Qué Dios vela por los pobres?
Tal vez sí, y tal vez no.
Lo seguro es que Él almuerza
en la mesa del patrón.
(Atahualpa Yupanqui)

lunes, 5 de septiembre de 2011

Un duro al año (Eusebio Blasco)

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Un duro al año

Monte arriba , cara al viento,
buscando reposo y calma,
iba me yo muy contento,
dándole descanso al alma,

Y cuando al alto llegué
Y al dar la vuelta a la cima,
Un rebaño me encontré
que se me venia encima,

Avanzaban las ovejas,
Marchando al paso tranquilas,
Y pasaban las parejas,
Al sonar de las esquilas,

Y a los últimos reflejos,
De los rayos vespertinos,
La vi perderse a lo lejos
Por los ásperos caminos,

Detrás de ellas lentamente,
Dando al aire una canción,
Y sacando indiferente
Su mendrugo del zurrón,
Venia un pastor un niño,
Un imberbe zagalejo,
Que me inspiro ese cariño,
Que es un súbito en un viejo,

¡Hola! ¿tu eres el pastor?
Si. Señor. ¿Que se le ofrece?
¿ Tienes padres?. No. Señor
¿Cuántos años tienes?-. Trece,
¿ Y cuanto ganas. Amigo?-.Un duro,
¿al día?. ¡Anda maño!
Al Mes-. ¡Que no digo!
¡Un duro al año!

La deje que se marchara,
Y en el monte me senté,
Y avergonzado, la cara,
En mis manos oculte,

Pasaron por mi memoria,
Templos palacios y reyes,
Los aplausos y las glorias,
Los discursos y las leyes.

Los millones del banquero,
Las fiestas del potentado.
Los réditos del usurero,
Ladrones en despoblado,

Fortunas mal heredadas,
En el tapete perdidas,
Cortesanas celebradas,
De ricas galas prendidas.

Los que del lujo se afanan,
Tanta gloria, tanto daño,
Y en tanto hay quien gana,
un duro al año,

Un duro. ¡Dios! Cuantas veces,
Lo habré derrochado yo,
En miles de pequeñeces,
Que mi gusto me pidió,

En comer sin tener gana,
en caprichos , en favores,
en vanidades humanas,
en guantes, coches y flores,
en un rato de placer,
en un libro sin valor
en apostar en beber,
en humo, en buen olor.

Y ese duro que se olvida,
En cuanto correr se deja,
era un año de vida,
de aquel niño que se aleja

Todos los seres humanos,
Yo vi que somos peores,
Unos falsos puritanos,
otros falsos soñadores,

Ya ateos ya creyentes,
Todos en el daño iguales,
Resolviendo diligentes,
Grandes problemas sociales,

Y hay seres que a esa edad,
Ignoran su propio engaño,
Y deben a la humanidad,
Un duro al año.

¡No! Mientras del frió enero,
en una espantosa noche,
mi prójimo por dinero,
me lleva a mi casa un coche,

Mientras de la mina oscura,
Saca carbón tanta gente,
Pasando tanta amargura,
Para que yo me caliente,

Mientras de la alegre fiesta
Salgo yo que siento y creo,
Y al pobre que me molesta ,
Lo mando airado a paseo,

Mientras derroche la moda,
Gastando ya sea grande o chico,
Mil duros para una boda,
Mil en entierros de ricos

Y hasta el sol desigual sea.
Al dar al hombre sus rayos,
Y haya niños con librea,
Que me sirvan de lacayos,

Ni creo en leyes humanas,
Ni en el que las bombas tira,
Palabras solo palabras,
Mentira, solo mentira,

No hay para las penas consuelo,
Sufrir y siempre sufrir,
El cristo se fue a los cielos,
Pero volverá a venir,

Su reino sera de espanto,
Sus leyes muy diferentes,
Y el rechinar de los dientes
Y ha de subir a mil codos,
Mas alto el nuevo diluvio,
En el moriremos todos,
Y mas alto que el Vesubio,

Nos ha de ser imposible,
Ese niño, ese pastor,
Ya convertido en terrible,
Ángel exterminador,

Que entre torrentes de lava,
Gritara de su alto escaño,
Yo soy aquel que ganaba,
Un duro al año,

Así a sus solas decía
Solo en las cumbres del monte,
Mientras el sol se escondía,
En el rojizo horizonte,

En la sombra se ocultaban,
Lentamente las aldeas,
Y en la ciudad humeaban,
Las fabriles chimeneas,

Veianse allá las cruz es,
De las santas catedrales,
Y los rayos de las luces,
De las fiestas mundanales,

Allí viven reunidos,
Miles de seres humanos,
Allí serán compujidos,
Los que se llaman cristianos,

Entre el ruido y movimiento,
De las modernas ciudades,
Resumen triste y cruente,
De las necias vanidades,

Mientras allá por la plana,
Cantando tras su rebaño,
Va aquel niño que gana ,
Un duro al año.
(Eusebio Blasco)

domingo, 4 de septiembre de 2011

El niño yuntero (Miguel Hernandez)

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El Niño Yuntero

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.
(Miguel Hernandez)

sábado, 3 de septiembre de 2011

Vientos del pueblo me llevan (Miguel Hernandez)

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Vientos del pueblo me llevan

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
(Miguel Hernandez)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Aceituneros (Miguel Hernandez)

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Aceituneros

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
(Miguel Hernandez)

jueves, 1 de septiembre de 2011

Las abarcas desiertas (Miguel Hernandez)

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Las Abarcas Desiertas

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda la gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.
(Miguel Hernandez)